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Susana Mota López, 29 de Nov. 2007 |
EL
CALENTAMIENTO GLOBAL, UNA VISIÓN POÉTICA.
Selva
eterna por siempre jamás.
¿Por qué somos tan necios hacia la destrucción
de la Tierra?
La verdad es que es una lucha eterna e interna en
contra de la propia destrucción y a favor de la preservación
de la vida. La Tierra es el único planeta viviente y nuestra única
casa en este vasto Camino de Santiago (La Vía Láctea).
Que yo sepa, no hemos descubierto algún otro planeta similar
al nuestro tan densamente poblado de bosques, selvas, animales y personas
como nuestro amado planeta azul. ¡Ni de casualidad! Y nuestro
deber es cuidarlo.
Encaremos nuestra propia conciencia. No perdamos nuestra
capacidad de asombro. Pensemos con preocupación que nuestra
atmósfera ha estado cambiando drásticamente en estas
décadas. La sequía y las inundaciones han aumentado peligrosamente.
Los cambios climáticos han erosionado nuestra salud y nuestra
economía. Busquemos soluciones concretas y definitivas y llevémoslo
a cabo. Para así poder loar:
“Verde,
te quiero verde, verde,
el
color de la vida y la esperanza,
por
siempre jamás, selva perenne,
selva
y bosque en lontananza.
¿No les da vergüenza la vacuidad que hay
en sus corazones? ¿No están concientes de destruir sus
propias vidas? ¿No piensan en el futuro de sus hijos y los hijos
de los demás?
Nuestros recursos naturales se están desvaneciendo
y nosotros podemos ayudar a detener esto que nos ahoga de aflicción.
Pensándolo bien, la Tierra está lanzando alaridos de
auxilio cada vez que hay una manifestación negativa de nosotros
y toda la parafernalia industriosa del hombre. Sin embargo, parece
que no cuidamos nuestro precioso objeto: la Tierra.
¡Salvemos el planeta, salvemos nuestra Tierra,
salvemos nuestra madre naturaleza y salvemos nuestro futuro!
¡Ayúdanos a continuar luchando contra
la destrucción del planeta!
Susana Mota López.
Historia
de un árbol (fragmento) de Rómulo Calzada.
II
De pronto el bosque se estremece. Se oyen ruidos desconocidos:
pasos de un animal que raras veces llega por esos lugares apacibles,
pero que, siempre que llega, deja una huella de dolor, porque lleva
la muerte: mata a los animales, hiere a los árboles, destroza
a las flores…
Sobre el hombro trae en instrumento de muerte. Mucho le temen los árboles.
Un
árbol viejo se inclina sobre su hijo como queriendo ocultarlo y le dice:
-Mira aquel animal que viene por ahí donde
el sol es más brillante... Es un animal muy malo. Yo mismo tengo
en mi tronco heridas que me hizo su maldad. ¡Dios te proteja,
hijo mío!-
-¡Pero, quién es ése animal?-pregunta
el curioso hijo.
-Es un animal, el único que se destruye
así
mismo. Construye grandes ciudades y después las arruina, sembrando
la muerte y la desolación. Crea grandes civilizaciones y después
las destroza. Hiere por gusto, por deseo de maldad. Dicen que es un animal
que está enfermo de aburrimiento. El hastío es su mal mayor.
Posee todos los atributos de los animales malos y muy pocos de los buenos:
unas veces es sinuoso como la serpiente y astuto como el zorro; otras
es cruel como el lobo y cobarde como el ciervo; raras veces es valiente
como el león, menos veces es fiel como un perro y mucho menos
es tierno como una paloma. También posee atributos que ningún
animal posee. Posee la mentira, con la que corrompe todo, hasta su alma.
Posee la calumnia, con la que destruye las almas, la honra, la paz de
otras almas. Posee la envidia, la que le ciega su alma rencorosa y lo
impulsa a hacer mucho mal sobre la tierra. Acumula riquezas que después
lo hacen infeliz porque teme que se las quiten. Sobretodo, posee un raro
don que dice Dios le dio: el lenguaje. ¡Cuánto mal hace
con ese don y muy pocos bienes! Casi siempre sale de su boca la palabra
que injuria, la palabra que ofende, la palabra que como una saeta envenenada
e invisible, se clava en el alma haciéndola sufrir horriblemente.
Muy pocas veces sale la palabra que consuela, que alienta, que acaricia...
Es un animal que guarda las ofensas como una ponzoña con que envenena
su propia alma. Su maldad es infinita. Míralo como golpea, con
su infernal instrumento de muerte, a tus hermanos. Se ha proclamado el
rey del universo, porque cree que sólo él tiene alma. Es
morboso hasta en el dolor y cree que sólo él sufre. No
cree que los pájaros sufran, y les mata a sus hijos, les destruye
su hogar. Los ve amar tan tiernamente y no cree que sufran. No ha comprendido
que el tristísimo canto de la alondra es el canto que llora un
amor muerto. No sabe que el nocturno canto del ruiseñor es el
dolor, transformado en canto, de un amor imposible. No sabe que el lúgubre
rumor de nuestras frondas en las noches negras, es el alma de los árboles
que llora a los árboles muertos. No sabe del
alma de las cosas, del dolor callado de las cosas. Su egoísmo,
como su maldad, no tienen límites... Posee el raro don de la imaginación,
y por medio de ella su fantasía del mal descubre mil formas de
tortura, pero esa misma imaginación es su condena, por ella su
dolor es infinito. ¡Pobre animal enfermo. . . ¡-
-¿Pero, quién es?-inquirió el árbol
hijo.
-¡Es el hombre!-dijo tristemente el árbol
viejo...
Y el hombre llegó hasta los árboles
que platicaban. Oyó murmullos, voces mil desconocidas que salían
del bosque, pero no entendió
nada. Los pájaros huyeron espantados y armando una gritería
angustiosa. Lo árboles se estremecieron en su dura materia. Sólo
el arroyuelo siguió su eterna canción, prisionero en su
cárcel de rocas...
¡Y el hombre hirió a los árboles,
como hiere siempre, inconscientemente!
-Este me agrada-dijo satisfecho.
Y comenzó su tarea de muerte. Hirió terriblemente
al
árbol hijo. Sangraba éste por las heridas su transparente sangre,
y sus hojas, desfallecidas, sabían del pronto hundimiento de muerte.
El hombre siguió su labor de destrucción hasta que el árbol
rodó por tierra. De él cortó el hombre un pedazo, se lo
echó al hombro y se alejó de la selva, dejando la mayor parte
del árbol, que ahí quedaba para pudrirse y abonar la tierra y
florecer nuevamente en flores del campo, en otros árboles, por la ley
eterna de la vida...
Y por la noche hubo himnos lúgubres y sombríos de frondas: ¡el alma de los árboles lloraba al árbol muerto...! |